1990

1990

La voz del fantasma provenía del segundo piso, de la habitación que la señora Domínguez usaba para trabajar. Sus murmuraciones eran apenas audibles en el recibidor, pero mientras subíamos las escaleras logré captar una frase suelta, seguida de un par de malas palabras. A la señora Domínguez le hizo gracia.

Al fantasma, por su parte, le gustaba aparecerse en un rincón junto a la ventana; a falta de información al respecto, la elección de ese lugar podía parecer tan sólo un capricho de la naturaleza, uno de tantos que suelen conformar este tipo de fenómenos. La luz blanca que entraba al cuarto esa mañana aclaraba aún más la figura del espectro, de manera que para muchos distraídos habría pasado desapercibido, de no ser porque a esas horas solía conversar en voz alta consigo mismo. El fantasma se estaba riendo a carcajadas de algún chiste que solo él escuchaba cuando la señora Domínguez cerró la puerta, dejándonos a solas por una última vez.

—Buenos días, señor Valbuena —Saludé con ambas manos.

—¿Um? —El fantasma dejó de reír. Después de mirar a un lado y al otro, me miró con una sutil, casi invisible, ceja enarcada —. Ah. Buenos… días.

Tras mis visitas anteriores, decidí que mantener una cierta distancia con el fantasma del señor Valbuena era la mejor estrategia. Sin dejar de mover la mano, para mantener su atención de otro mundo en mi, crucé la habitación y me senté junto a la mesa donde descansaba la máquina de coser de la señora de Domínguez.

—Bien —dijo el fantasma con voz hueca —. Creía que ya no ibas a volver.

—También yo —De una canasta agarré un ovillo de hilo rojo y lo hice rodar un poco por la mesa —. Parece que la señora Domínguez se acostumbró a usted, después de todo. Por alguna razón ya no le parece tan indeseable.

—Ahora nos llevamos bien. Creo que le gusta la compañía.

—Hmm —Por un momento, me vi tentada a arrojarle la bola de hilo al espectro —. La verdad es que no debería quejarme. ¿Sabe qué?, decidí tomarme unas vacaciones y olvidarme de los muertos por un tiempo.

—Bien por ti —rió el fantasma —. Estás muy pálida.

Una nube oscureció de pronto la habitación, acentuando el contorno difuso del hombre muerto. Delgado y de brazos largos, el traje y los anteojos del fantasma eran anticuados, de finales del siglo pasado. Según lo poco que había podido averiguar hasta ahora, lo habían encontrado muerto en aquella habitación el 3 de diciembre de 1990; aparte de eso, tanto para mi como para los investigadores de su muerte, el señor Valbuena parecía un hombre de la nada, nacido en ningún lado.

—Se le ve de buen humor —inquirí.

—¿Por que no habría de estarlo? —Los ojos del fantasma casi nunca miraban a la cara; su mente parecía a medio camino entre este y el otro mundo, o tal vez se ocupaba recreando alguna memoria de cuando estaba viva.

—Muy bien, señor Valbuena —Miré el reloj —. Tengo una hora de retraso y mucho camino por recorrer —Dudé —. Pero no quería irme sin… no sé, hacer un último intento. Y ya que está de tan buen humor…

—No sería tu primer «último-intento».

—Ya sé, pero de todas formas… —Incluso antes de pronunciarlas, las preguntas me sonaron ridículas, caducas —: ¿No ha recordado nada más? ¿No ha recordado algo… diferente?

Creo que el fantasma sonrió. No pondría las manos al fuego, pero estoy casi segura de que sonrió, el muy canalla. El sol volvió a salir, desvaneciéndolo contra la pared blanca, pero su voz resonó con un vigor de ultratumba:

—Ayer por la mañana recordé un invierno que sobreviví en unas montañas desoladas, muy lejos de la ciudad que nos había contratado. La compañía de mercenarios de la que formaba parte estaba rayando la locura, por así decirlo, y por más que intenté y le di vueltas a la memoria, no me pude acordar del nombre que le dimos a la cueva donde nos refugiábamos. Después, por la tarde, desde esta misma ventana vi a una mujer vestida de blanco, corriendo muy rápido por la acera de enfrente; la vi y me hizo recordar la boda de mi hermano, en Mallorca, y sobre todo el terrible malentendido que se armó mientras brindábamos —Unos pasos empezaron a subir las escaleras de la casa —. Y ya en la noche, después de que la señora Domínguez apagara todas las luces y se fuera a dormir, me quedé un largo rato mirando las estrellas. Más de repente que antes, recordé la primera vez que dejé la tierra; la fuerza increíble del despegue, empujándome contra el asiento de la nave… cortándome la respiración.

—Hmm —Intenté no parecer muy abatida —. Bueno, al menos uno de esos tres recuerdos parece más verosímil que la mayoría. La boda.

—¿Ah, sí? Pues para mi son la misma cosa —El fantasma miró sobre su hombro, como si alguien lo estuviese llamando, y luego me dio la espalda —. ¿Y si todas las vidas fueran una sola?

—No lo creo, señor Valbuena —Suspiré —. Su problema es el mismo de todos los fantasmas lectores: Lo leído se mezcla con lo vivido. Un auténtico dolor de cabeza.

La puerta de la habitación se abrió y la señora Domínguez entró con una cinta métrica colgando del cuello. Rendida, me levanté.

—Podría intentar encontrar a su hermano. Mallorca suena bien —dije en tono burlón, ya casi afuera de la habitación, rumbo a unas merecidas vacaciones —. Quién sabe, a lo mejor este hermano es menos ficticio que los anteriores que ha recordado.

A espaldas de la señora Domínguez, el fantasma soltó otra carcajada.

—No te preocupes por mi, vamos. Lo que sea que me retiene aquí, estoy seguro que se resolverá tarde o temprano —Una paloma se posó junto a la ventana; al ver al fantasma, voló espantada —. Todo acaba.