Vieja bruja

Lluvia

De pie bajo el paraguas, Oscar Rabadán leyó el cartel de neón en la ventana del pequeño salón de tatuajes. Las luces estaban apagadas.

—¿Es aquí? —preguntó Ana, una niña envuelta en impermeable y botas de lluvia —. Creo que no hay nadie.

—Tranquila, no tardaremos nada —El viejo Oscar sacó una llave de un bolsillo de su chaqueta y se la mostró —. Vamos.

—Okay, okay…

Una campanilla tintineó sobre la puerta cuando abuelo y nieta entraron al local, seguidos por viento y gotas lluvia.

La luz gris de la tarde anubarrada, entrando débil a través de la ventana, daba un aspecto fantasmal a aquel espacio de polvo y paredes desnudas. Oscar dejó el paraguas, y con un cosquilleo en la nuca que nada tenía que ver con el clima invernal, fue incapaz de reconocer a primera vista el viejo estudio de la Bruja. Nada quedaba en la pared donde solían estar enmarcados los demenciales diseños en blanco y negro, ni en el rincón donde antes se apretaban el archivo metálico y la pecera. Los tipos de la mudanza se habían llevado espejos, camillas, máquinas y tintas. Tal como acordaron por teléfono, solo dejaron el cartel de neón de la ventana, y el reloj de agujas que colgaba en la pared del fondo.

—Faltan veinte minutos para la película —dijo Ana —. Tic, tac, tic, tac…

«Veinte minutos», pensó Oscar Rabadán. Era vergonzoso, pero recordaba muy bien la última vez que estuvo ahí parado, la vieja ira recorriendo como fuego su cuerpo joven y volátil, dispuesto a mandar a todos al infierno. Fue el día que vio por última vez a la Bruja. Hace veinte minutos, cuarenta años, o lo que fuera.

—No vamos tan tarde —dijo Oscar. Dio unos pasos sin rumbo por el local, revisando una y otra vez sus bolsillos en busca de cigarrillos

—. ¿Te conté de la mujer que trabajaba aquí?

La niña negó con la cabeza.

—Se llamaba… eh, no importa. Le decían Bruja —Oscar sonrió y se levantó la manga de la chaqueta, revelando una estrellita de tinta pálida, apenas un borrón verdusco en su piel cuarteada —. Ella hizo esta porquería. Cuando no era tan buena, y le decíamos Bruja más por su mal genio que por habilidosa.

—No está tan fea. A ver.

—No, no. Pero tendrías que ver lo que hizo después. ¿Cuantas veces se ofreció la Bruja para ese segundo tatuaje después de aquella estrellita de mierda? Para eso sí era ya demasiado tarde.

—Yo dibuje algo el otro día —dijo Ana de pronto, quitándose la capucha del impermeable —. Ah… y bueno, en la escuela les gustó mucho.

—¿En serio? —Oscar se sorprendió.

—Me felicitaron. Me hablaron los que nunca me hablan. Fue raro.

—No sabía eso.

—Todavía lo tengo, creo. Si quieres te lo enseño cuando volvamos. Cuando volvamos de ver la película, digo.

—Claro, claro.

Oscar dejó de cazar cigarrillos en sus bolsillos vacíos; recordó de repente lo que en verdad había venido a buscar. Se acercó al reloj de agujas en lo alto de la pared del fondo. Otro cosquilleo en la nuca, y un nudo que amenazaba con cerrarse en su garganta. Se contuvo.

—Ana, ayúdame aquí.

Con mucho más esfuerzo del que había previsto, Oscar alzó a su nieta. Los hombros le crujieron, la rodilla lesionada tembló un poco. La niña quitó el reloj de la pared y tanteó con su mano pequeña en el espacio secreto que había detrás. —Aquí está.

—¡Bien!

—Ya me puedes bajar.

—¡Ay!

Oscar Rabadán soltó un resoplido de victoria. La caja era poco más grande que un paquete de cigarrillos, y con el tiempo el cartón se había llenado de manchas y polvo. «En el parque, 2009», decía el garabato en la tapa. Sintió el sudor en los dedos, y por un momento estuvo otra vez allá, sentado en un rincón del parque de hojas verdes, el sol calentándole la nuca mugrienta, la Bruja intranquila por no haber usado protector solar en el tatuaje.

Hace veinte minutos, cuarenta años, o lo que fuera.

Guardó la cajita en un bolsillo de su chaqueta.

—Veni, vidi, vinci. Nos podemos ir.

—¿Vidi, vidi… ? —Ana entrecerró los ojos —. ¿No lo vas a abrir?

—Vamos tarde al cine. Mira la hora.

—¿Pero me vas a enseñar después?

—Tu mamá cree que ya tuviste suficientes pesadillas con lo de los cómics —Oscar sostuvo la puerta para dejar salir a su nieta.Parecía que dejaba de llover —. Pero hagamos un trato. Te cambio estos dibujos por ese que hiciste en el colegio. O cualquier otro que hayas hecho, si quieres.

—¿Son dibujos?

—Sí. Colmillos, tentáculos, monstruos horribles en general. Muy de la Bruja.

—Trato.

Salieron a la acera y cerraron con llave. Unos pasos después, mientras esperaban el semáforo para cruzar la calle, Oscar no pudo evitar una última mirada sobre su hombro. «CASA DE LA BRUJA RABADÁN», insistía el apagado cartel de neón en la ventana del pequeño salón de tatuajes.