Una máscara con colmillos

La fiesta de disfraces del embajador terminó, para desgracia de dos espías asistentes, un poco antes del amanecer. Sentados en una terraza del hotel, Thomas y Nanci disfrutaban el rosado del cielo sobre los edificios, y todavía enfundados en sus ajustados disfraces de calavera, se miraron las caras resplandecientes de confeti.

—Renunciemos —dijo Nanci; formando una pistola con los dedos, le disparó a una nube —. Al demonio el papeleo.

—¿Al demonio el papeleo? —repitió Thomas —. No te reconozco.

—Pues, ya que no tenemos nada que ocultar —Nanci abrió los brazos, extendiendo los huesos pintados de su disfraz —: Me confieso cansada. ¿Por qué no volvemos al teatro? Mejor que todos estos engaños y mentiras, secretos horribles, políticas apestosas. Francamente.

—Lástima que se nos de tan bien todo eso.

—Esta fiesta colma el vaso, y rompe el cántaro, y… —En la cabeza de Nanci, una canción disco se había instalado para atormentarla durante semanas —. Estas misiones son detestables. Espiar es detestable.

—Tranquila —Enderezando su silla, Thomas sonrió de forma enigmática —. Creo que… bueno, los días de espías se acabaron por un tiempo.

Del bolsillo donde tintineaban sus llaves, Thomas sacó una máscara. Era blanca, decorada con unos pequeños colmillos que le daban un aire felino; al darle vuelta, Nanci vio un numero garabateado en la parte de atrás. La canción disco se desvaneció al instante, remplazada en su mente por una imagen fugaz de la fiesta de disfraces: la embajadora disfrazada de ogro dominando la pista de baile, y alrededor de ella, tratando de detenerla, o tal vez intentando decirle algo, un joven enmascarado que era…

—Su traductor —Nanci se llevó una mano a la boca.

—Interprete —aclaró Thomas, tendiéndole la máscara a su vieja compañera de improvisación, ahora socia en el turbio mundo de la indagación profesional —. Resulta que el chico tampoco tiene nada que ocultar, y estaba muy dispuesto a hablar con nosotros. Muy.

Nanci sostuvo la máscara en sus manos y en un segundo se imaginó de vuelta en casa, jugando con los perros por la tarde, muy despierta en el cine de medianoche. Esta información, esa máscara de puntiagudos colmillos de plástico, eran libertad para unos cuantos meses. Un alivio inesperado le hizo escuchar pájaros en la terraza.

—Todavía podemos volver al teatro —dijo Thomas, muy satisfecho de sí mismo, la panza abombando el abdomen de su esqueleto —, si quieres.

Los dos rieron de camino al desayuno; tras una larga temporada de escuchar y ver más de la cuenta, viviendo en un revoltijo de identidades, los espías fatigados saboreaban la oportunidad de no ser nada.